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“El mundo siente a España”
Artistas y compositores rinden homenaje a este gran país

Viernes 19 de mayo, Teatro Degollado
Hora: 20:30 Hrs.

PROGRAMA

“España” de Enmanuel Chabrier

“Introducción y Rondó Caprichoso” de Camille Saint -Saëns

“Capricho Español” de Rimski-Korsakov

Intermedio

Sinfonía Española op.21 para violín y orquesta de Edouard Lalo
I - Allegro non troppo
II - Scherzando.Allegro molto
III - Andante
IV - Rondo. Allegro

Filarmónica de Jalisco
Héctor Guzmán, director titular
Mariusz Patyra, violín

Filarmónica de Jalisco

Por iniciativa del Maestro José Rolón, en el año de 1915, un grupo de músicos jaliscienses comenzó a ofrecer al público de Guadalajara, audiciones de cámara y sinfónicas, estableciendo el punto de partida para la que , en el futuro, sería la Orquesta Sinfónica de Guadalajara. Entre 1915-1924, la Orquesta fue manejada por la Sociedad de Conciertos, que funcionaba mediante una mesa directiva, recibiendo apoyo económico de la iniciativa privada y una subvención del Gobierno Estatal; esta fue suspendida en 1923, resultando en la disolución del organismo. Los músicos, sin embargo, siguieron trabajando para impedir que la Orquesta desapareciera, y lograron que el Gobernador José Guadalupe Zuno brindara apoyo económico; debe mencionarse la dedicación que Don Pedro González Peña tuvo para la Orquesta, hasta el 1939.

En febrero de 1942, cuando Guadalajara celebraba el 4º centenario de su fundación, paseaba por la ciudad el Maestro. Leslie Hodge , quien escuchó interpretar varias piezas clásicas a algunos músicos, se les acercó con ánimo de conocerlos y al tiempo los alentó a formar una orquesta. Se le invitó a organizarla y dirigirla. Sus compromisos se lo impedían en ese momento, pero prometió venir una vez concluida la Segunda Guerra. Así la Asociación de Amigos de la Música solicitó al Gobernador Marcelino García Barragán que garantizara la permanencia de la orquesta, en vista del ofrecimiento del Maestro Hodge, quien se convirtió el primer director de la Orquesta Sinfónica de Guadalajara. Este patrocinio se mantuvo hasta 1950, en el que se formó Conciertos Guadalajara A.C., que se encargó de la Orquesta Sinfónica de Guadalajara con subvenciones económicas de los gobiernos estatal y municipal, así como de la iniciativa privada.

En 1971 la Orquesta Sinfónica de Guadalajara pasó a ser un organismo del Departamento de Bellas Artes del Estado de Jalisco, que desde entonces la manejó artística y económicamente.
Reconocida como una orquesta dúctil y de versatilidad por los directores que trabajaron con ella, la Orquesta Sinfónica de Guadalajara tuvo un promedio de 60 presentaciones al año, entre conciertos, ópera y ballet, dirigida por figuras como Leslie Hodge, Abel Eisemberg, Helmut Goldman, Eduardo Mata, Kenneth Klein, Hugo Jan Huss, Francisco Orozco, Manuel de Elías, José Guadalupe Flores, Guillermo Salvador y Luis Herrera de la Fuente. Participaron como solistas Paul Badura-Skoda, Claudio Arrau, Jörg Demus, Henryk Szeryng, Plácido Domingo, Alfred Brendel, Bernard Flavigny, Jean Pierre Rampal y Narciso Yepez, entre otros.

En 1988 la Orquesta Sinfónica de Guadalajara cambia de nombre, con lo que nace la Filarmónica de Jalisco. La intención era que su utilidad sinfónica se extendiera a todo el Estado. Esta organización ha sido integrada en base a una estricta audición de atrilistas aspirantes, cuya selección garantiza la homogeneidad sonora del rendimiento técnico de sus miembros. Esto nos permite considerar que la Filarmónica de Jalisco pueda afrontar con gallardía y decoro todo tipo de repertorio, incluidas las obras más ambiciosas de los últimos años. Desde Mayo de 2004 el maestro Héctor Guzmán es el nuevo titular de la Filarmónica de Jalisco.

Héctor Guzmán
Director Titular

Héctor Guzmán es reconocido internacionalmente como uno de los músicos mexicanos más sobresalientes en la actualidad. Sus actuaciones como director al frente de las orquestas más importantes de México: Filarmónica de la UNAM, Sinfónica de Xalapa, Filarmónica de Jalisco, Sinfónica del Estado de México, Sinfónica de Monterrey, Sociedad Filarmónica, así como las orquestas de San Antonio, Dallas, Tyler y San Angelo, en los Estados Unidos, y la Orquesta Sinfónica Nacional de la República Dominicana, han sido aclamadas por el público y la crítica.
En 1997 hizo su debut en Europa, al frente de la Collegium Orchestra de Praga, en la República Checa, y su debut en 1999 con la Filarmónica de Japón y el violinista Motoi Takeda, fue catalogado como uno de los “diez mejores conciertos del año” por la crítica japonesa. En el 2001 regresó a Japón para dirigir otra serie de conciertos, y ha sido invitado nuevamente para dirigir la misma orquesta en el 2003. Héctor Guzmán ocupa el puesto de director musical de tres orquestas profesionales en los Estados Unidos: Irving Symphony Orchestra, Plano Symphony Orchestra y, a partir de junio del 2002, de la San Angelo Symphony Orchestra.

Nacido en Fresnillo, Zac., estudió en el Conservatorio Nacional de Música de la ciudad de México, y posteriormente en la Southern Methodist University y la University of North Texas. Durante su brillante trayectoria en estas instituciones, fue nombrado “Valor Nacional Juvenil” por el gobierno de México y ganador en México del concurso nacional “Manuel M. Ponce”, y en los Estados Unidos, de los concursos de solistas de la Universidad de North Texas y la Universidad Metodista del Sur. En 1978 obtuvo para México el segundo lugar en el concurso de órgano de más prestigio en el mundo: el “Grand Prix de Chartres”, celebrado en Francia, siendo sus maestros Víctor Urbán y Robert Anderson.

Sus maestros de dirección orquestal incluyen a grandes figuras tales como Anshel Brusilow (Philadelphia Orchestra), Helmuth Rilling (Universidad de Oregon), Carlo Maria Giulini (Accademia Musicale Chigiana, Siena, Italia) y su gran amigo y maestro: Eduardo Mata.
En reconocimiento a su destacada labor a nivel musical, Héctor Guzmán ha sido honrado con premios tales como la “Lira de Oro”, otorgada por el sindicato de Músicos de México; los premios “Meadows Fellowship” en Dallas y “Director per Excellence”, otorgado por el Instituto Tecnológico De Vry. Desde 1980 es miembro de la Sociedad Musical de Honor de los Estados Unidos, y en el año 2000 fue incluido en “Grandes Músicos del siglo XX”, publicación editada por el Instituto Biográfico Internacional en Cambridge, Inglaterra. Desde Mayo de 2004 el maestro Héctor Guzmán es el nuevo titular de la Filarmónica de Jalisco.

Mariusz Patyra
Violín

Mariusz Patyra nació en el año 1977, en Polonia. Empezó sus clases de violín a la edad de siete años, y continuó su educación en la clase del profesor Hoffman, en la ciudad de Olsztyn; más tarde con el profesor Jan Kucharski, en Varsovia, y con el profesor K. Wegrzyn, en Hannover. Actualmente toma clases con el profesor I. Kertscher, en Hannover, y el maestro Salvatore Accardo, en Cremona.

Mariusz Patyra es el ganador del Concurso Internacional Violinista de J. Joachim (Hannover 1997). Es finalista del Concurso Internacional de Stradivarius (Cremona 1998). Ganó cuatro premios en el Concurso Internacional Violinista de Carl-Nielsen, y el Premio Especial de Odense Orquesta Sinfónica (Odense 2000).

Mariusz Patyra ganó, como el primer polaco, el “Premio N. Paganini” (Génova 2001). Ganó también el Premio Especial para la mejor interpretación de “Caprichos” de Paganini, y recibió además la copia de “Il Cannine” de este virtuoso.

Mariusz Patyra tocó en Europa, Japón, Estados Unidos. Actuó con Royal Chamber Orchestra Tokio, Orchestra Fondazione “Arturo Toscanini”, Orchestra di Roma, Orchestra Filarmónica Marchigiana, Orquesta de la Radio Polaco, Orquesta de Cámara de la Radio Polaca “Amadeus” y la Orquesta Filarmónica Nacional de Varsovia. Después del gran éxito en el concierto de Clausura del Festival Cultural de Mayo dedicado a Polonia, lo recibimos con entusiasmo.

El primer polaco ganador del Concurso Internacional Paganini

Cuatro años han pasado ya desde que Mariusz Patyra obtuvo el 1er. Premio en el concurso más importante de violín, organizado desde 1954 – Concurso Niccolo Paganini, en Génova. Durante este tiempo el joven violinista realizó varias giras por Italia, se presentó en Tokio y en Estados Unidos (Chicago). Tampoco descuidó su país natal, ofreciendo conciertos durante la Primavera de Gdansk 2002 y en Torun; en el 2003 tocó en la Filarmónica Nacional en Varsovia el 1er. Concierto en re mayor, Op.6 de Paganini. La obra, una de las más difíciles y maestrales de la literatura para violín, fue presentada por Mariusz Patyra los días 17 y 18 de octubre en Cracovia y el 9 y 10 de enero del 2004 en Wroclaw. En Varsovia se presentará el año próximo a final de enero, pero esta vez con el repertorio que requiere un trato musical completamente distinto: Las estaciones del año Op.8, de Vivaldi. Actualmente está grabando un disco con la música de Camile Saint-Saens.

Antes de su éxito en Génova, recibía premios y distinciones en los concursos nacionales y extranjeros. Empezó a estudiar violín en Olsztyn, con el maestro Antonio Hoffman; posteriormente con el profesor Janusz Kucharski en Varsovia, de quien dice: “Me abrió el corazón y me enseño cómo ser sensible”. Desde 1997 Mariusz Patyra estudia en Hochschule fur Music und Darstellnde Kunst, en Hannover, con el maestro Krzysztof Wegrzyn. Además, continuamente recurre a las consultas de uno de los más grandes violinistas –Salvatore Accardo.
Giuseppe Gacetta, el último descendiente de la escuela de Paganini, después del concurso en 2001 dijo sobre el músico polaco: “Es uno de los talentos más destacados que he oído en los últimos años (…) siente y entiende a Paganini, tanto desde el punto de vista de la interpretación, como de técnica –y toca naturalmente con el brazo levantado, precisamente tal como tocó Paganini”- . Después del concurso, Patyra tuvo la oportunidad de tocar el violín de Paganini, el famoso instrumento llamado Cannone. Aparte del premio principal, obtuvo también dos premios especiales: Premio Ruminelli y Premio de Barbieri, por la mejor interpretación de Caprichos del patrón del Concurso y el instrumento: violín hecho por el fabricante de instrumentos de cuerda americano Jack Erwin.

Revista Cultura Polaca, Pág. 56, 3 (23)/2003.

Críticas

“Perfección más allá del elogio”

“…El Concierto Núm. 1, en re mayor, Op. 6, para violín y orquesta, de Niccolo Paganini, complementó la primera parte.

Mariusz Patyra enfocó, desde el “Allegro maestoso”, el toque instrumental a un orden distinto al asumido en la obra del autor polaco: timbre penetrante, sonido más certero, menos lánguido, un escrutinio severo en la escritura, dejados de lado los arranques narcisistas que Paganini conlleva, incluso, tomando en cuenta acentos extemporáneos en su cadenza. El resto fue historia: gala de brillantez, perfección musical y oído absoluto, técnica segurísima, reiterada en el “Rondó” final, pero en donde la contención, “Adagio”, hizo del registro medio del violín, un fraseo armónico y desprovisto de portamenti, la evidencia de una ejecución ejemplar, enmarcada por Debski y la OFJ. Luego de un rastro de las notas iniciales del Jarabe Tapatío, Patyra hizo del Capriccio 24, de Paganini, un homenaje a la música normada por la inteligencia, como encore…”.

Francisco Arvizu Hugues/ El Informador
Guadalajara, Jalisco. México. 6 de junio de 2004

Notas al programa

Emanuel Chabrier

Nació en Ambert (Puy-de-Dôme), el 18 de enero de 1841; murió en París el 13 de septiembre de 1894. Uno de los grandes olvidados de la música francesa. Pese a sus asombrosas dotes para el piano y la composición, emprende los estudios de derecho y entra en el Ministerio del Interior en 1861, y no presentará su dimisión hasta 1880 para consagrarse por entero a la música. Amigo de Verlaine (que le escribirá dos libretos de ópera cómica), de Manet, de Duparc, admirador de Wagner, Chabrier, a pesar de la condescendencia que se suele mostrar respecto a él, sigue siendo uno de los músicos más personales de su generación. Si bien es verdad que sus obras líricas más ambiciosas –Gwendoline y Le roi Malgre lui- no llegaron a imponerse en el repertorio, una rapsodia para orquesta bastó para hacerle célebre, una obra a la que él consideraba “una pieza en fa y nada más”. Su música para piano, de la más pura tradición francesa heredada de Rameau, bastaría para hacer de él, el igual de cualquiera de los grandes. Su sentido de la armonía, del ritmo, de los colores, sirvió de maravilla, además, a su talento como orquestador. Es hora, pues, de descubrirlo de nuevo y esta vez definitivamente.

España, rapsodia para orquesta

En 1882, Chabrier y su esposa pasan cuatro meses en España. El compositor queda deslumbrado por la increíble floración de ritmos y melodías, como testimonia su abundante correspondencia. Cuando vuelve a Francia, emocionado aún, escribe su primera obra dedicada únicamente a la orquesta, “España”. Se estrenará el 4 de noviembre de 1883 en la Sociedad de Nuevos Conciertos, fundada por Charles Lamoureux.

Efectivos orquestales: tres flautas y el resto de la madera a dos, cuatro trompas, dos trompetas, tres trombones, una tuba, timbales y batería, arpa y la cuerda (existe una reducción con la madera a dos, dos trompas, dos trompetas y tres trombones, etc.)

La obra está marcada Allegro con fuoco, en fa y en compás de 3/8. Chabier utiliza dos temas de danza, uno vivo y brillante, el de la jota aragonesa, el otro sensual y lánguido, inspirado en la malagueña del sur de la Península Ibérica, a los cuales añade un motivo original introducido por los trombones en medio de la obra.

Desde el mismo momento de su estreno, “España” valió a su autor una celebridad mundial que sigue manteniendo, y que el Vals-Fantasía que con esta obra hizo Waldteufel no ha hecho más que acrecentar. Hay que reconocer que la vitalidad de esta brillante página musical, su variedad rítmica, su resplandor, son irresistibles. El talento de Chabrier se transparenta en cada compás de esta orquestación acariciadora, que utiliza el arpa como instrumento melódico, hace cantar a las trompas y a los trombones con una truculencia inaudita y explota al máximo los efectos de contraste entre sus sonoridades y las muchos más sensuales de la cuerda. Por muy evocadora que sea –quizá para nosotros los franceses-, esta rapsodia no parece haber tenido mucho éxito entre los españoles. Sin embargo, Manuel de Falla escribió: “Ningún español ha sabido reflejar con tanto genio la diversidad de la jota, tal como se canta por los campesinos aragoneses”. Si Lalo supo tomar de España la luz y Ravel su extremado refinamiento, Chabrier, por su parte, se dejó seducir por sus resplandecientes colores.

Camille Saint-Saens

Nació en París el 9 de octubre de 1835, y murió en Argel el 16 de diciembre de 1921. Fue un joven pianista prodigio que dio su primer concierto en la Sala Pleyel a los once años, antes de entrar en el Conservatorio a los trece años, donde fue alumno de Halévy para la composición. Organista titular de la iglesia de la Madelaine, se hizo célebre a los veinticinco años y provocó la admiración de un Berlioz y de un Liszt; este último jugo un doble papel en su carrera; de un lado influyó en sus concepciones musicales propiamente dichas, de otro lado le ayudó en la propagación de su obra (la ópera Sansón y Dalila, se estrenó en Alemania por iniciativa del maestro húngaro). Saint-Saëns creó pronto una “escuela” de música francesa: excelente pedagogo (en la escuela Niedermeyer, donde Fauré y Masseguer fueron sus discípulos), vigoroso defensor de la música de sus cadetes (en la famosa Sociedad Nacional, llevando alto el blasón de “Ars Gallica”), gran viajero también y curioso de todo (filosofía, arqueología, pintura, etc), miembro, en fin, del Instituto a los cuarenta y siete años. Con demasiada rapidez se ha tildado la música de Saint-Saëns –un perfeccionista de la forma- de frío academicismo. Este prejuicio nutre frecuentemente la interpretación de sus obras, al mismo tiempo que refuerza la desconfianza del público, advertido por la frase despreciativa de un Debussy: “Saint-Saëns es el hombre que mejor conoce la música del mundo entero”.(Dicho de otra forma, al que ahoga su erudición). Ahora bien, los que desprecian su arte son sin duda aquellos que menos lo conocen, y sobre todo, los que ignoran la influencia que ejerció en la música francesa el pleno estragamiento wagneriano: retorno a las fuentes salvadoras, como fue, por ejemplo, la revaloración de Marc-Antoine Charpentier, de Rameau e incluso de Gluck. Y este arte, se diga lo que se quiera, no está envarando; es, sencillamente, el de un “romántico encadenado” (Roger Delage), a quien la perfecta maestría de su oficio inhibió a menudo (no olvidar la admiración que tenía por Maurice Ravel, al menos como científico de la orquestación). Saint-Saëns abordó todos los terrenos y todos los géneros, profanos o sagrados, y su mejor título de gloria es esa Sansón y Dalila, que aún se canta en los escenarios líricos del mundo entero, pero que no puede hacernos olvidar las obras de música de cámara (fue un pionero en Francia), un gran número de canciones, de composiciones corales y religiosas e importantes obras de música sinfónica y concertante que veremos aquí.

Introducción y rondó caprichoso (Opus 28), fechada en 1863; obra de juventud, escrita por tanto más bien para el instrumento; la introducción, en forma de serenata ligeramente melancólica, sobre un sostén de la cuerda pizzicato, deja el sitio a un rondó con una cadenza de virtuosismo dedicada al solista. La orquesta se muestra siempre discreta y eficaz.

Nikolai Andreievich Rimski-Korsakov

Nació en Tijvine el 6 de marzo de 1844; murió en Lioubensk el 8 de junio de 1908. Mientras realizaba sus estudios en la Escuela Naval de San Petersburgo, tomó lecciones de piano con Canille, y en 1891 se convirtió en miembro del futuro Grupo de los Cinco, fundado por Balakirev. Fue bajo la égida de este último compuso sus primeras obras, especialmente la Primera sinfonía. Nombrado profesor del Conservatorio de San Petersburgo en 1871, y juzgando él mismo que era insuficiente su formación, emprendió estudios de armonía y contrapunto por correspondencia con Chaikovski. Se convirtió en la personalidad dominante de la vida musical rusa de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Fue inspector de las orquestas de la Flota a partir de 1873; director de la Escuela Gratuita de Música, al año siguiente; después asistente de Balakirev en la Capilla Imperial, animador del Grupo Belaiev a partir de 1883 y director de la orquesta de los Conciertos sinfónicos rusos a partir de 1886. En 1889 dirigió los conciertos de música rusa de la Exposición Universal. Tomó sobre sí la responsabilidad de revisar y acabar numerosas obras de sus compañeros (Dargomyjski, Moussorgski, Borodine), cosa que realizó con una muy discutible libertad. Fue el compositor de óperas más productivo de su país (quince obras líricas) y un sinfonista nato, pero es en las obras orquestales “programáticas” y de forma libre donde dio lo mejor de sí mismo, más que en las sinfonías. Estuvo tan fascinado por los aspectos tradicionales rusos –épicos (Sadko) maravillosos (cuento) o religiosos (La Gran Pascua rusa)-, como por los orientales (Antar, Sherezada). Gran conocedor del folklore, publicó en 1878 una colección de cantos populares rusos, numerosos temas de la cual se encuentran en sus composiciones. Narrador y colorista incomparable, fue uno de los mejores orquestadores de toda la historia de la música. Su Tratado de Orquestación, ilustrado con ejemplos sacados de sus propias obras, dicta la ley en esta materia junto al de Berlioz.

Capricho Español, suite para orquesta (Opues 34)

En 1887, después de la muerte de Borodine, Rimski-Korsakov emprendió, con la ayuda de Glazunov, la terminación de la ópera El Príncipe Igor. Para distraerse de este trabajo, escribió el Capricho Español, previsto al comienzo como una página para violín y orquesta (cosa que sigue siendo en cierta medida). En él utilizó una serie de melodías sacadas de una colección de José Inzenga, Ecos de España, colección de cantos y bailes populares: “Los temas españoles, sobre todo de carácter danzante, me proporcionaron ricos materiales para conseguir efectos orquestales variados”, escribió en sus Crónicas de mi vida musical. En la historia de la música rusa, el Capricho Español sigue a las fantasías españolas de Glinka, Jota aragonesa y Noche de verano en Madrid. Como Glinka, pero sin haber estado nunca en España, Rimski siente lo próximo que está el temperamento hispánico del ruso en ciertos aspectos, con el que tiene en común algunas ataduras orientalizantes. Estrenado en San Petersburgo el 31 de octubre de 1887 bajo la dirección del compositor, el Capricho Español fue una de las obras rusas interpretadas en París en 1889, donde fue juzgado como “una verdadera España rusa, de una presunción sonora absolutamente delirante...”.

La obra consta de cinco partes:

1.- Alborada (Vivo e strepitoso): Un ambiente de danza colectiva, de animación popular que no deja de recordar la Obertura de Carmen. El tema es tocado alternativamente por la cuerda, toda la orquesta y el clarinete solo:
Al final aparece el violín solo.

2.- Variaciones (Andante con moto): Un bello canto lírico expuesto por las trompas, es repetido sucesivamente por la cuerda, el corno inglés, con réplicas de las trompas y seguidamente por las maderas, las trompas y la cuerda, y al final acompañado de diversos contrapuntos. La conclusión se efectúa sobre una larga escala cromática de la flauta.

3.- Alborada (Vivo e strepitoso): Retorno del movimiento inicial, pero diferenciado en su instrumentación: ahora es el conjunto de los instrumentos de viento el que alterna con el violín solo.

4.- Escena y canto gitano: Es el corazón de la obra y su parte más característica. Comienza con un redoble de tambor, con el tema en las trompas y las trompetas. Este tema es repetido sucesivamente por la flauta y el clarinete, después por el oboe, alternando con algunos pasajes de virtuosismo. Una cadencia del arpa nos lleva al segundo tema, expuesto por los violines. Desde ese momento y hasta el final del movimiento, los dos temas se alternarán en un enérgico crescendo, interrumpido un momento por el tercer motivo más nostálgico. Los acordes de acompañamiento de la cuerda y el arpa, imitan una guitarra.

5.- Fandango asturiano: Se encadena sin interrupción al movimiento anterior. A un tema alegremente danzante de las flautas, se opone una melodía más lírica, en sextas paralelas, bastante próxima al aire de un vals. Reaparecen los dos temas del canto gitano (en orden inverso). Hay que señalar el juicioso empleo de las castañuelas entre los instrumentos de percusión. La obra concluye con una repetición de la Alborada, lo que asegura su unidad cíclica.

Edouard Lalo

Nació en Lila el 27 de enero de 1823; murió en París el 22 de abril de 1892. Nacido en una familia de origen español, comenzó sus estudios en el Conservatorio de Lila, donde fue primer premio de violín en 1838. Fue alumno del violoncelista Baumann, que había tocado las sinfonías de Beethoven bajo la dirección de su autor. El joven Lalo tomó afición a la música sinfónica y, desafinando la prohibición paternal, entró en el Conservatorio de París en la clase de Habenek (violín). Su existencia parisina fue difícil y renunció a componer para llevar la parte de viola en el cuarteto Arminagaud. En 1871 participó en la fundación de la Sociedad Nacional de Música, que tanto trabajaría por la renovación de la música francesa.

Obtuvo el éxito con el doble estreno por el ilustre Pablo Sarasate de un Concierto para violín, de 1874, y de la Sinfonía española el año siguiente. Lalo decidió entonces componer una ópera y en 1876 da en concierto la obertura de El rey de Ys, pero la Ópera de París rechaza el montar la obra, acabada hacia 1880, y ésta no se representará hasta 1888 en la Opera Cómica. Como desquite obtuvo el encargo de un ballet, Namouna, que el músico tuvo que escribir en cuatro meses y que no pudo orquestar completamente. En el estreno, el público no fue unánime, pero la obra entusiasmó a Fauré, Chausson, Chabrier y Debussy. Cuando por fin se estrenó, El rey de Ys obtuvo un enorme éxito. Un estilo eminentemente francés, la nitidez, el color y la potencia de la orquestación hicieron de Lalo un pionero de la escuela sinfónica francesa de la segunda mitad del siglo XIX. Además del teatro, Lalo se interesó por las melodías, la música de cámara (tiene soberbios tríos y un cuarteto de cuerda) y compuso tres sinfonías (dos de ellas inéditas) y varias obras concertantes.

Sinfonía Española, para violín y orquesta, de Edouard Lalo (Opus 21)

Celebre pieza del repertorio concertante de los violinistas, la Sinfonía Española fue compuesta en 1873, dedicada a Pablo Sarasate, que la estrenó el 7 de febrero de 1875 en los Conciertos Populares de París. La acogida del público fue entusiasta. La obra, verdaderamente, no es ni un concierto ni una sinfonía, sino una especie de suite que integra el solista a la orquesta, ordenada muy libremente en cinco movimientos (hay que pensar también en la forma de la sinfonía concertante, y en cuanto la Sinfonía española se parece a Harold en Italia, de Berlioz, que utiliza una viola “principal”). En cuanto al título, se desprende del insistente empleo, a través de toda la partitura, de ritmos “españoles”, especialmente de habanera. El iberismo de la Sinfonía Española nos hace hoy sonreír, pero cualquiera que sea la autenticidad de las “fuentes” de Lalo (que existieron verdaderamente por iniciativa de Sarasate, aunque fueran sistemáticamente explotadas a favor de las posibilidades virtuosísticas del solista).

Los cinco movimientos son: Allegro non troppo, scherzando; intermezzo; andante y rondó final.

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