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Guadalajara/Plaza Fundadores
PROGRAMA
Proyección Sábado 6 de mayo
"Merlin"
Opera en tres actos

Música: Isaac Albéniz
Libreto: Francis Burdett Money - Coutts
Merlín fue terminada, en su versión para voces y piano, alrededor de 1898. De inmediato Albéniz se hizo cargo de su orquestación, y en 1901 ya había enviado la partitura completa a su editor, para que se iniciara cuanto antes la preparación de las placas y se procediera a su impresión. La versión orquestal definitiva, después de tres revisiones, quedó lista entre 1901 y 1092. De ahí en adelante, Albéniz inició una carrera frenética hacia la presentación de su nueva ópera. Nunca logró esto, aunque el preludio de la ópera fue ejecutado en varias ocasiones por una diversidad de grupos y directores orquestales, incluyendo al mismo Albéniz.
Como una referencia histórica del origen de Merlin, es muy recomendado un estudio de los textos de Jacinto Torres y Walter Clark, entre otros. Mencionaremos al respecto que su versión para voces y piano fue estrenada el 13 de febrero de 1905. Albéniz, quien ejecutó al piano la parte orquestal, organizó la presentación en la casa de los Tassels, esperando sacar ventaja del gran éxito alcanzado en ese entonces por su ópera Pepita Jiménez y su opereta San Antonio, en el Theatre de la Monnaie; pero no le fue posible repetir tal éxito con Merlin.
Sólo hasta 1950 el Junior Football Club presentó la premiere de Merlin en Barcelona. Pero fue hecha con una traducción al español escrita por quienes organizaron el evento. El Junior Football Club, siguiendo instrucciones del maestro José Sabater, hizo cuando menos cuatro grandes cortes a la ópera y alteró el final del tercer acto, indicando, en una nota en las partes del conductor y de la orquesta, que debían retornar “al coro final del primer acto, con medio tono más bajo”, inscripción que aparece en el quinto compás del ensayo número 276 en el tercer acto de la partitura. De ahí se puede afirmar que la presente producción de Merlin en el Teatro Real, en su idioma original inglés y sin cortes en el texto ni en la orquestación, es realmente el estreno de esta obra.
Proyección Domingo 7 de mayo
Misa de “Coronación” de W.A. Mozart
Herbert von Karajan
(250 aniversario del nacimiento de W.A. Mozart)


Más de la cuarta parte de la producción de Mozart está dedicada a la voz, en distintos géneros y motivos, abarcando desde lo más sagrado hasta la picardía popular. Casi todas las obras religiosas fueron escritas cuando estuvo al servicio del príncipe-arzobispo de Salzburgo, entre 1765-1781.
La música sacra del genio, en especial las misas, fue objeto de controversias y críticas negativas durante muchas décadas. Se la tachó de intrascendente, ligera, mundana, italianizante, teatral y operística, más propia de un escenario que para el culto. En realidad encajaba perfectamente con el theatrum sacrum y sobre todo con su momento histórico, independientemente de las restricciones soportadas. No obstante las críticas, para Mozart la música religiosa era su género favorito.
Para el culto común fueron la mayoría de las misas mozartianas, y se le exigía una duración no mayor de 45 minutos, por lo que el coro recitaba rápidamente en muchas ocasiones, evitando repeticiones y deteniéndose en los fragmentos de mayor significación.
Una de las cuatro obras que Mozart compuso a su regreso a Salzburgo, fue la Misa de Coronación, encargo para el festival anual que conmemoraba la Coronación de la Virgen, en 1779. De ahí el nombre de este trabajo que enfatiza los sentimientos gloriosos del pueblo, que celebra una fiesta religiosa en un ambiente casi de feria popular
Ha sido considerada a lo largo de la historia como una obra evolucionada y brillante, de orquestación eminentemente sinfónica y llena de bellas melodías. Merece notarse el Agnus Dei, que reaparecería después en el aria "Dove sono..." en Las bodas de Fígaro, lo que generó que sus obras religiosas se considerasen puramente operísticas.
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Proyección Lunes 8 de mayo
"Tosca"

Opera en tres actos
Música: Giacomo Puccini
Libreto: José Giacosa y Luis Illica
Basado en el drama homónimo de Victoriano Sardou
Estreno: Roma, de enero de 1900
Lugar de la acción: Roma
Época: Año 1800
Acto primero
Interior de la iglesia de San Andrés. Mario está pintando un cuadro que representa la Madonna, habiéndole servido de modelo una bella joven desconocida que todas las mañanas se arrodilla ante un altar próximo, para rezar sus oraciones. Mientras ejecuta su labor, un sacristán contempla extasiado la obra. El pinton, que está enamorado de la famosa cantante Tosca, observa con asombro la inquietante semblanza que tiene su Madonna con ella, habiendo así inconscientemente asociado la pureza de una Virgen con la frívola apariencia de una actriz. De repente, su amigo Angelotti se precipita en el atrio explicándole que, preso por motivos políticos, acaba de evadirse de la cárcel. Mario lo esconde detrás de un confesonario, aconsejándole que para poder salir del templo sin llamar la atención lo mejor es disfrazarse con las ropas femeninas de su modelo, que resulta ser la propia hermana del fugado. Aparece Tosca y, observando que Mario está inquieto y nervioso, se siente celosa. Cuando le propone dar un paseo en su compañía, cosa a la cual él se niega, sus celos aumentan, y más aún al reconocer en el dulce rostro de la Madonna el semblante ingenuo de la hermana de Angelotti. Su amante consigue contener sus reproches y disipar sus dudas, jurándole sinceramente que tan sólo sus hermosos ojos hechiceros hacen palpitar su enamorado corazón.
Una vez tranquilizada la cantante, sale de la iglesia y Mario ayuda a huír a Angelotti. Poco después entra el jefe de policía, barón Scarpia, acompañado de su agente, siguiendo ambos el rastro del fugitivo. Al negar el pintor haber visto a nadie, el polizonte descubre un abanico de mujer y sospecha que allí se ha tramado algo para encubrir al hombre que buscan. Tosca regresa inopinadamente y Scarpia, que experimenta una insensata pasión por ella, la acoge con una gentil salutación llamándola: “Divina Tosca”. Seguidamente le muestra el abanico, preguntándole si es de su propiedad, y ella se encoleriza a la vista de esto que cree una nueva prueba de la infidelidad de su amante. Entre tanto, una procesión de fieles y sacerdotes desfila por el interior de la iglesia cantando solemnemente el “Te Deum”.
Acto segundo
Salón del palacio Farnesio. El barón Scarpia envía una nota a Tosca, invitándola a visitarle inmediatamente si desea tener noticias de Mario, pues éste ha sido preso por estar complicado en la evasión de Angelotti. El pintor es introducido en la cámara de tormento contigua al salón, donde es cruelmente torturado por negarse a denunciar el escondite de su amigo. Al entrar Tosca y percibir los gritos de dolor de su amante, descubre el paradero del prófugo, a fin de evitarle nuevos sufrimientos. Mario es traído de nuevo al salón, medio desvanecido en brazos de sus verdugos, pero aún le quedan fuerzas para reprender a Tosca por haber delatado al infeliz Angelottti. Scarpia ordena que lo lleven a una mazmorra y lo guarden encerrado hasta nueva orden.
Al quedar a solas con la hermosa cantante, el enamorado barón le propone un pacto: él dejará en libertad a su amante, si ella se le entrega aquella misma noche. La afligida Tosca vacila un instante, pero es tanto el cariño que profesa a Mario, que al fin accede a sacrificarse por él. El ilusionado barón manda preparar una copiosa cena, en tanto informa a la cantante que, para cubrir las apariencias, tendrá lugar un ficticio fusilamiento del reo, en el cual los soldados dispararán con pólvora sola y quedará así con vida e ileso el supuesto ajusticiado. Acto seguido extiende un pasaporte en el cual autoriza a ella y al pintor para circular libremente por la ciudad, que podrán abandonar cuando les plazca sin encontrar ningún obstáculo. Al sellar el precioso documento, Tosca, que no puede vencer la repugnancia que le inspira el pensamiento de complacerle en su torpes deseos, empuña un pequeño puñal y le acuchilla el corazón. Realizado el crimen, extiende el cadáver en medio de la sala, coloca un crucifijo sobre su pecho y un par de candelabros a su lado, y después de murmurar una corta plegaria por su alma de malvado, sale furtivamente llevándose el valioso pasaporte.
Acto tercero
Terraza del castillo de San Angelo. Las primera luces del amanecer iluminan tenuamente la ciudad de Roma, que se divisa en la lejanía. Mario es prevenido por un carcelero de que dentro de breves instantes será fusilado. El pintor siente abandonar la vida, tan bella y sonriente, y canta una inspirada canción dándole su postrer adiós. También traza una nota despidiéndose de Tosca, cuando ésta aparece y trata de tranquilizarlo al repetirle lo que le prometió Scarpia, según lo cual su existencia no corre ningún peligro, puesto que no se hará más que un simulacro de ejecución. Al mostrarle el pasaporte liberador, Mario vislumbra una posibilidad de escapar y estrechamente abrazados entonan un amoroso dueto, seducidos por la esperanza de un dichoso porvenir. Llega un piquete de soldados y mientras Tosca se esconde, ellos se alinean delante del condenado y disparan sus fusiles sobre él. Regresa Tosca después de haber oído las detonaciones, y al acercarse a su amante que se encuentra tenido sobre el enlosado, comprueba con horror que no ha habido substitución de las balas, y el plomo de éstas lo ha matado realmente partiéndole el corazón. La crueldad del pérfido Scarpia había llegado hasta el extremo de engañarla en esto, como si pretendiera burlarse aún de ella más allá de la tumba. Los soldados, que acaban de enterarse del asesinato del jefe de policía, retornan a la terraza para prender a Tosca como presunta culpable del crimen. Mas la desesperada cantante no les da tiempo de capturarla, pues antes de que lleguen a ella se arroja desde lo alto del parapeto al abismo que se abre a sus pies, en donde ha de encontrar el fin de un existencia infortunada que sólo dolor y crueldades le ha deparado.
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Proyección Martes 9 de mayo
Opera “El Barbero de Sevilla ” de Gioachino Rossini

Opera cómica en dos actos el primero divido en dos cuadros
Música: Joaquín Rossini
Libreto: César Sterbini
adaptado de la comedia homónima de Pedro A. Carón de Beaumarchais
Estreno: Roma, 5 febrero 1816
Lugar de la acción: Sevilla
Época: Siglo XVII

Acto primero
Cuadro primero
Callejón sevillano, en el que se ve la fachada de la casa que habita el doctor Bartolo y la barbería de Fígaro. El conde Almaviva, joven aristócrata andaluz que está enamorado de la bella Rosina, canta una serenata al pie de su balcón. Su amada está bajo el pupilaje del doctor Bartolo, el cual la guarda celosamente encerrada en su mansión, pues pretende casarse con ella y así obtener legalmente su caudaloso patrimonio que administra, a la vez que una linda esposa. En vano el apasionado conde se debate para poder llegar hasta la vera de la mujer de sus sueños; todas sus tentativas se estrellan ante la estrecha vigilancia del celoso tutor. El barbero Fígaro canta desde la puerta de su tienda, que él es el hombre indispensable para las citas amorosas, como asimismo para cualquier otro menester, encontrando siempre la solución a todos los problemas e intrigas que la vida puede plantear a los mortales. Almaviva le llama y le pide resuelva su conflicto. Inmediatamente el astuto barbero traza un ingenioso plan a seguir: cuando él se encuentre en el interior de la casa rasurando al doctor, el conde, bajo el disfraz de un soldado, deberá fingirse borracho, promover un altercado en la calle y, al abrir la cancela los sirvientes para ver qué pasa, aprovechar la oportunidad para entrar, pues él ya habrá prevenido a Rosina. Almaviva le advierte que ésta no le conoce por su verdadero nombre, sino bajo la sencilla apariencia del estudiante Lindoro, a lo cual el barbero le replica que con este nombre le hablará de él. Concertada la estratagema, los dos compinches se separan amistosamente.
Cuadro segundo
Habitación en casa del doctor Bartolo. Rosina, que está escribiendo una carta de amor a Lindoro, canta una inspirada cavatina en la que interroga su corazón acerca de los tiernos sentimientos que el falso estudiante le inspira. Acabada su misiva, se retira al ver entrar a su tutor y el maestro de música Brasilio. Éste y el ama de llaves Marcelina son los fieles cancerberos de los cuales se vale el celoso doctor para guardar a su pupila. Sospechando que ésta sostiene secretamente correspondencia con el conde, se exaspera al no poder evitarlo y acabar de una vez con estas peligrosas frecuentaciones. Entonces el insidioso Basilio le sugiere que lo más práctico sería alejar a Almaviva de la ciudad, y para ello nada mejor que hacerle la vida imposible entre sus relaciones valiéndose de la calumnia, arma poderosa que por todas partes se infiltra y es capaz de destruir la existencia y el honor de un hombre. El pérfido proyecto parece magnífico al colérico Bartolo, y al retirarse con su amigo de la habitación, entra Fígaro y recibe de Rosina la carta que ésta destina a Lindoro. En el preciso instante se perciben unas voces en el exterior y acto seguido se precipita Almaviva en la estancia, vestido de soldado y simulando un torpe estado de embriaguez. En tanto el atolondrado doctor hace esfuerzos para librarse del importuno, éste tiene tiempo de hablar brevemente con su amada y darle una misiva. Después es preso por las autoridades que ha requerido Bartolo en su auxilio, y, al dar a conocer su verdadera personalidad al oficial que lo detiene, es puesto inmediatamente en libertad.
Acto segundo
Salón de música en casa del doctor Bartolo. Almaviva llega allí con el disfraz de maestro de canto, explicando que Basilio se encuentra indispuesto y le envía para substituirle. Como los modales del fingido profesor son tímidos y su traje modesto y severo, el receloso doctor no sospecha de la veracidad de sus palabras, y, en tanto Fígaro le afeita, la lección de música da comienzo. Almaviva concierta un plan con Rosina para evadirse, cuando súbitamente el verdadero maestro se presenta, amenazando con descubrirlo todo. La providencial intervención de Fígaro evita la catástrofe, sobornando, con una bolsa de dinero que le da el conde, al hipócrita Basilio. El astuto barbero obtiene también las llaves de los candados que cierran los postigos del balcón, y cuando todo está dispuesto para la fuga, todos los planes se vienen abajo con la noticia de que el desconfiado doctor ha puesto guardia en la calle, mandando al mismo tiempo a buscar un notario con urgencia, para que extienda el acta matrimonial que ha de unirle aquella misma tarde con su pupila y el caudal que le administra. Mas a la desolación de todos, el pícaro barbero opone su optimismo, afirmando que su ingenio, que no se agota nunca, hallará remedio a la súbita catástrofe que amenaza con destruir la dicha de los jóvenes enamorados.
La escena queda sola unos momentos, en tanto la orquesta ejecuta un intermedio musical que describe con sus notas vibrantes una tempestad seguida de un remanso de paz. Al terminar este inspirado fragmento, aparecen Fígaro y el conde, quienes se introducen en la sala saltando por el balcón. Al llegar el notario acompañado de Basilio, éste es sobornado de nuevo con el oro del aristócrata, y con su ayuda logran que el notario, al redactar el contrato matrimonial, substituya el nombre del doctor por el de Almaviva. Llegan los contrayentes y la ceremonia tiene lugar. Una vez sellado y firmado por los testigos el documento, el conde se da a conocer por su apellido y reclama a su legítima esposa, puesto que es él quien en realidad se ha casado y no el avaricioso tutor. Comprobada su afirmación por la lectura de las cláusulas que acaban de certificarse, Rosina se abraza a él alegremente, dando las gracias a Fígaro por todo lo que por su felicidad ha hecho; Basilio queda contento con su bolsa repleta de dorados doblones, y el estupefacto Bartolo también se consuela algo de la burla de que acaba de ser víctima, al saber que el conde le cede íntegra la herencia de su pupila.
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