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El baisano Jalil
Texto de Emilio García Riera/ Historia Documental del Cine Mexicano

Producción (1942): Filmex, Gregorio Walerstein; gerente de producción: Alfredo Ripstein, Jr; jefe de producción: Antonio Guerrero Tello.
Dirección: Joaquín Pardavé; asistente: Roberto Galdón.
Argumento: Adolfo Fernández Bustamante; adaptación: Joaquín Pardavé.
Fotografía: Víctor Herrera.
Música: Mario Ruiz Armengol.
Sonido: Woward Randall y Jesús González Nancy.
Escenografía: Luis Moya; maquillaje: Dolores Camarillo.
Edición: Charles L. Kimball.
Reparto: Joaquín Pardavé (Jail Farad), Sara García (Suan), Emilio Tuero (Selim), Manolita Saval (Marta), Mimí Derba (Carmen), Dolores Camarillo (Sofía), José Morcillo (Don Guillermo Veranada), Isabelita Blanch (Consolación), Roberto Meyer (Escolástico), Víctor Velásquez (Billy), Josefina Romagnoli (secretaria), Max Langler (criado), Edmundo Espino, Salvador Quiroz, Ignacio Peón, Manuel Noriega y José Pulido (invitados).

Filmada a partir del 15 de junio de 1942 en los estudios CLASA. Estrenada el 13 de diciembre de 1942 en el cine Palacio (dos semanas). Duración: 95 minutos.

Sinopsis del argumento. La aristocrática familia Veranada está a punto de caer en la ruina porque nadie trabaja: ni don Guillermo (que pretende ser historiador), ni su esposa Carmen, ni la gastadora hija de ambos, Marta, ni la tía Consolación, muy beata, ni el hipócrita esposo de ésta, Escolástico. Don Guillermo recurre a los préstamos del comerciante libanés Jalil, cuyo hijo Selim, director del almacén de su padre, sufre los desprecios de Marta. Al ir Jalil, su esposa Suan y Selim a pasar tres días en la hacienda de don Guillermo, son objetos de burlas y desdenes. De nuevo en la ciudad, Jalil pide su hijo la mano de Marta, pero los Veranada ridiculizan sus pretensiones, pese a que don Guillermo, auxiliado por Selim en un estudio sobre Abderramán, no comparte los humos de su familia. Toda la familia libanesa sufre mucho por el rechazo. Al fin, don Guillermo consigue que le compren los derechos de explotación de una mina y salva a los suyos de la miseria. Llama a los libaneses para pagar a Jalil lo que le debe. Selim y Marta se besan ante el escándalo de Escolástico. Marta echa ante todos un discurso a favor de su amor. Jalil se encarga de mandar al diablo a Billy, un nov pretendiente de Marta, y revela a Suan que fue él , Jalil, quien compró en secreto la mina a don Guillermo.

Comentario. Para debutar como director de cine, Joaquín Pardavé adaptó una comedia argentina cuyo protagonista no es un libanés, sino un “gringo” (italiano) de Buenos Aires. Claro que para Pardavé y su argumentista Fernández Bustamante cualquier extranjero da lo mismo; es, sobre todo, un tipo que debe decir en algún momento (conmovido): “¿no quiero a México como si fuera mi propia patria?”, y en otro (dolido): “el sol alumbra en el Líbano lo mismo que en esta bendita tierra”. De ahí que el libanés Jalil se parezca tanto a un futuro personaje de Pardavé: el español don Venancio.

Este tema del extranjero conmovido día y noche por la dicha de estar en México se aviene con el de una literatura burguesa (de origen sobre todo francés) empeñada en reivindicar los valores del trabajo honesto y retribuidor sobre los ya caducos de la aristocracia. La reivindicación suele ejercerse dando a los burgueses el derecho a casarse con las hijas de la no por vituperada menos admirada “clase alta”. De la aristocracia se aceptan sus galas (sobre todo, sus refinados productos femeninos); se rechazan, en cambio, sus veleidades intelectuales (al final de la película, Pardavé dice a Morcillo que se deje de escribir historia y se dedique a algo práctico). Eso revela una mala conciencia curiosa, porque en el cine nacional de esa especie, el extranjero será el trabajador empeñoso y el mexicano el aristocratizante vago, y Sara García saluda en un momento de El paisano Jalil un retrato de “San Porfirio Díaz” para ponerse a tono con los valores edificantes de su libanés marido.

Naturalmente, el extranjero debe pagar su tributo por el favor que se le otorga. En la cinta, bastante pedestre, el tributo consiste en hacer a los libaneses partícipes de un mal gusto que se tiene por normal y obligado. Cuando Pardavé canta y baila una tonada supuestamente árabe, resulta muy divertido, pero a la vez ridículo, por que está haciendo algo que no es común ni comprensible. Emilio Tuero debe entonces salvar la situación, diciendo que lo cantado por su padre no es “verdaderamente libanés”; para instruir de lo que es eso, Tuero canta entonces un pedazo de Scherezada de Rimski Kórsakov, con letra en español

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