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Viernes 14
Inauguración de la exposición

Fernando Botero (Colombia)
Colección del Museo Nacional de Colombia

"Fernando Botero. El Dolor de Colombia"

Pastel, Lápiz, Carbón sobre tela, Lápiz-acuarela, Lápiz -tinta, Lápiz-sanguina y Óleo.

Del 14 de Mayo al 30  de Junio

Hora: 20:30 hrs.
Lugar:
Instituto Cultural Cabañas

EXPOSICIÓN BOTERO

En el 2000, Fernando Botero hizo la más grande donación realizada hasta el momento por un artista colombiano a museos de su país. Se trató, en ese entonces, de pintura y dibujos de su autoría y de una importante colección de arte internacional, que dividió entre Bogotá y Medellín. No obstante, para el pintor, la filantropía ha sido una constante en su carrera. Instituciones públicas como el Museo Nacional de Colombia se han beneficiado varias veces de su generosidad, lo que les ha permitido completar la colección de cuadros del artista.

Botero ha expresado varias veces que a pesar de que no reside en Colombia desde hace más de cuarenta años, se siente muy cercano a lo que aquí ocurre y le preocupa la crisis que afronta la nación. Convencido de que las acciones solidarias se hacen cuando el país más las necesita, nuevamente confirma su compromiso con las instituciones culturales por medio de la donación de 6 acuarelas, 36 dibujos y 25 óleos a la colección del Museo Nacional de Colombia.

La divulgación de esta colección en distintas instituciones culturales a nivel nacional e internacional, como parte del programa de Exposiciones Itinerantes del Museo Nacional, contribuirá a que tanto en Colombia como en otros países se conozcan estas duras, dolorosas e incomprensibles circunstancias que por años hemos padecido los colombianos. El maestro Botero, con mucha razón, pensó que esta serie de obras jamás podría ser objeto de comercialización y que, por lo tanto, sólo podrían pertenecer al pueblo colombiano para que, conociendo a fondo este tenebroso período de nuestra historia, no se vuelva a repetir.

María Victoria de Robayo
Directora
Museo Nacional de Colombia

EL ARTE COMO TESTIMONIO

 

La cotidianidad del país no ha estado ausente de la obra de Fernando Botero, a pesar de que no reside en Colombia. En sus pinturas evoca las casas, los pueblos los paisajes, los personajes y las costumbres de un “mundo amable”. Pero, como dice el artista, Colombia “también tiene esa cara terrible de la violencia”. En las obras de esta exposición que representan personajes que viven sucesos trágicos y recientes, plasma esa situación sin querer hacer juicios, pero rechazando la violencia. El tema se aleja del concepto del arte como productor de placer; “en vista de la magnitud del drama que vive Colombia, llegó el momento en el que sentí la obligación moral de dejar un testimonio sobre un momento tan irracional de nuestra historia”, dice Botero.

No obstante, el tema de la violencia en su obra tiene algunos antecedentes. En la década de 1960 realiza un mural para el Banco Central Hipotecario, Masacre de los inocentes y El secuestro, en donde hay una alusión a la violencia de mediados de siglo XX. En 1973, a la manera de una naturaleza muerta, pinta Guerra, en la que amontona militares, sacerdotes, mujeres, niños como si se tratara de un campo de batalla. También mostró un interés por extraer historias de los periodos, como es el caso de los cuadros Las noches del doctor Mata (1963), Teresita la descuartizada (1963), hechos comentados por entregas en la página roja de El Tiempo, y El asesinato de Rosa Calderón (1970).

Un par de décadas más tarde, dedica parte de su producción a la violencia más reciente. A partir de 1999 el artista tiene la voluntad de recrear en pinturas la dramática situación del país. Pinta cuadros como vestigios de un momento histórico, en los que recoge el “folclor oscuro” por medio de la representación de la muerte de Pablo Escobar o del retrato de Manuel Marulanda Vélez, “Tirofijo”. Éstas son formas de crónica que se remontan a la creencia de Botero de que el realismo no se expresa en arte político, sino en “un compromiso entre lo que vemos y lo que sabemos”.

EL DIBUJO

Botero ha sido esencialmente, desde sus inicios, un dibujante. Sus dibujos son obras independientes de la pintura en los que plasma, con igual intensidad sus ideas. El dominio del lápiz, el carboncillo, la tinta, el pastel y la acuarela le permite variar las formas, los soportes y obligar a los volúmenes a tomarse la superficie del cuadro. En este sentido actúa como un artista académico que, gracias al conocimiento del oficio, impone sus formas.

En esta serie de dibujos, “la línea como que quiere hacer un paréntesis en el virtuosismo que ha emparentado a Botero con Ingres. Es como si un velado desespero, o un nudo en la garganta, guiara con apremio la mano que envuelve las formas mediante el grafito o la sanguina. Es precisamente en ellos donde se aprecia con mayor insistencia la expresión facial y corporal de estados emocionales relacionados con la violencia y sus consecuencias”*

* Santiago Londoño, “Testimonio de la barbarie” en: Botero en el Museo Nacional de Colombia. Nueva donación 2004, 2004.

VIOLENCIA DE FINES DE SIGLO XX

A pesar de que se pueda hacer una conexión directa entre las escenas de esta exposición y hechos ocurridos en Colombia durante las últimas décadas, las obras de Botero hacen una alusión general a la violencia que se ha intensificado desde los años ochenta. Es en ese momento que el negocio ilícito del tráfico de drogas dispara los índices de criminalidad.

Ante la posibilidad de que los jefes de los carteles del narcotráfico fueran extraditados hacia los Estados Unidos, surgen los “Extraditables”, quienes a través del secuestro, el terrorismo y el asesinato de jueces y fiscales, jefes de inteligencia del gobierno y demás figuras públicas, presionaron fuertemente al Estado para detener el tratado.

Esta situación se agudizó a fines de la década, pues el gobierno se enfrentó también a las luchas entre guerrilleros y paramilitares por el control del territorio, y a los grupos de extrema derecha que eliminaron sistemáticamente a ex-militantes de grupos subversivos reincorporados a la vida civil.

El carácter de la violencia colombiana, sin dejar de ser igualmente cruenta y sin que el narcotráfico dejara de estar presente, dio un viraje a finales de la década de los ochenta y principios de los noventa, cuando los principales cabecillas del narcoterrorismo fueron muertos o puestos tras las rejas. Los principales (no los únicos) actores de la violencia vendrían a ser los guerrilleros y paramilitares, quienes convirtieron el negocio ilícito de las drogas en fuente de financiación.

Como consecuencia del conflicto, desde 1995 se han desplazado forzosamente más de un millón y medio de colombianos. La violencia política aumentó después de 1997, no sólo con las muertes en combate, sino con los constantes homicidios, secuestros, extorsiones y atentados en contra de la población civil.

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