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El Patrimonio Cultural del Museo Nacional de San Carlos

De este modo se llegó, en el siglo XVIII, a la creación de
 los museos institucionales, abiertos a un cierto tipo de
público. En los siglos XIX y XX los museos se abren
definitivamente a todo tipo de visitantes.

Huges de Varine-Bohan,
Tomorrow’s Community Museums

 

El Museo Nacional de San Carlos resguarda desde 1968 un valioso repertorio de pintura europea, que forma parte del patrimonio cultural del país. Como institución, tiene sus orígenes en la historia de los recintos museísticos en Europa y en la estructuración de los organismos culturales del siglo XX en México.

Para entender el florecimiento de los museos modernos debemos remitirnos al renacimiento italiano, que desarrolló a la vez el mecenazgo y el gusto por las colecciones de arte. El antiguo concepto de museo, entendido como el templo de las musas y los tesoros, reunió objetos que adquirieron desde aquellas épocas un matiz erudito y humanista.

Durante los siglos XVI y XVII, las altas jerarquías civiles y religiosas, junto con la burguesía, se convirtieron en apasionados coleccionistas que sentaron las bases de los futuros museos nacionales. Más tarde, en el siglo XVIII, tras la Revolución Francesa de 1789, los cambios ideológicos y sociales crearon el concepto moderno de museo: el museo público, que tendría su consolidación en el siglo XIX y su máximo desarrollo en el XX.

En México es hasta el siglo XX cuando se crean las instituciones culturales del país, como resultado del esfuerzo colectivo de profesionales y expertos, aunado al interés del gobierno por proteger el patrimonio nacional. El presidente Álvaro Obregón propuso al Congreso la organización de la Secretaría de Educación Pública, constituida en 1917, a cuyo cargo estuvo José Vasconcelos.

Por decreto presidencial del Lic. Miguel Alemán Valdés, en 1946 se estableció que el acervo artístico de la Academia pasara íntegramente a formar parte del Instituto Nacional de Bellas Artes creado ese mismo año y dependiente de la SEP junto con el INAH. Estas instituciones vitalizaron el conocimiento de los diversos patrimonios nacionales e intensificaron los esfuerzos por la investigación, la restauración, la conservación y la difusión de los bines culturales. Así mismo, la creación de los museos respondió al interés por democratizar la educación y la cultura, además de un creciente sentido nacionalista.

La década de 1960 fue marco de la creación de museos de arte por todo el mundo, y en nuestro país se acentúo la necesidad de la especialización de los contenidos museísticos, dando lugar a la división del acervo de las Galerías de la Academia bajo el criterio de las procedencias y épocas de las obras. Las piezas se distribuyeron entre el Museo del Palacio de Bellas Artes, la Pinoteca Virreinal de San Diego, el Museo de Arte Moderno, el Museo Nacional de Arte y el Museo San de Carlos, todos ellos creados en el mismo decenio.

En 1966, a través de un decreto del presidente Gustavo Díaz Ordaz, el edificio pasó a formar parte del patrimonio de la SEP y fue destinado a museos. Se llevó a cabo, entonces, su readaptación para albergar las nuevas Galerías de Pintura en la Academia de San Carlos, que formarían parte del conjunto de las instalaciones pedagógicas de la Academia. Dos años más tarde abrió sus puertas como museo.

Gusto, Circulación e Institución. La Historia de un Acervo.

Los derroteros de una colección de objetos de arte cuentan algo más que la historia de cada una de las obras que la componen. Una mirada hacia atrás, permite a un museo conocer las formas en que las piezas le dieron una identidad y lo pusieron en contacto con su circunstancia histórica, su función y el contexto de producción artística. En esta voluntad por recuperar la memoria de un museo, tres conceptos podrían colaborar en el análisis de estos viajes interminables de las obras en tanto objetos y en tanto discursos, ideas y valores. El gusto, ese eterno inconstante, ha guiado las elecciones de particulares y embelleció salas, comedores y recámaras de reyes, papas y burgueses, a la vez que colocó a un artista en la Historia – con mayúsculas –, para luego abandonarlo en algún desván oscuro; la circulación, que pareciera tener alas en los pies, estuvo atenta al ir y venir de modelos, temas y artistas; aquello que pudo haber sido visto por un pintor fue sin duda, para la historia del arte, parte de su formación. Finalmente, el concepto de institución fue ligado a las formas oficiales de organización y en este caso, a los cambios y consideraciones del significado de un patrimonio, su función y sus alcances.

Más allá de la obra en sí misma, considerada una pieza única y “museable”, la exposición desea detenerse en el sentido de la pieza dentro del acervo, mencionando allí su procedencia y reconquistando el momento y el modo en que llegó al actual Mueso Nacional de San Carlos.

Una colección es, finalmente, una selección de objetos entre una cantidad limitada de caminos posibles; las formas de mostrar y de transmitir información acerca de ella, están hoy en el centro de las discusiones teóricas. Finalmente, un museo se convierte en una escenografía artificial, que en este caso hace evidente la historia de colecciones y coleccionismo, de exposiciones, encargos y compras que recorren las salas.

A la vez, Gusto, circulación e institución. La historia de un acervo, propone a los objetos de arte en su empeño por pronunciarse, una y otra vez, en circunstancias y espacios diferentes, y considera como parte de su historia las formas en que fueron interpretados, encargados, pintados y exhibidos. Una invitación a descubrir los rumbos y las huellas de una colección.

Rebeca Kraselsky
10/01/2007

 La Persistencia en la Memoria. Adquirir y Donar

Las obras maestras tienen a los ricos por esposos, pero a los pobres por amantes.
Anónimo

Las exposiciones anuales de la Academia de San Carlos, realizadas a partir de 1850 y hasta 1898, llamaron la atención de artistas y del público en general. Junto con ellas se inicia un período de apogeo en la producción de crítica de arte y artículos de temática cultural, difundidos a través de periódicos y revistas. Estas prácticas culturales, acrecentaron, a principios del siglo XX, el interés de la sociedad, y en especial de los coleccionistas, por las manifestaciones artísticas y la inquietud de tener más y mejores lugares de exhibición.

El coleccionista del siglo XX tiene un carácter distinto al predecesor. Durante este siglo, se identifican personas, nacionales y  extranjeras, que aprovechando las circunstancias económicas – sobre todo en la década de los cuarenta- forjaron una elevada posición que les permitió adquirir objetos y formar colecciones privadas. En ellos se advierte un perfil mucho menos dependiente de las tradiciones familiares. Se trata de un tipo de coleccionista que genera su propia fortuna y se transforma en una clase de conocedor que tiene un estrecho contacto con especialistas y museos.

El gusto de la mayoría de los coleccionistas en esta época no cambió mucho con respecto al siglo anterior, los grandes nombres no abandonaron la escena del mercado.
La pintura europea de los grandes maestros fue la preferida, y obras con temática religiosa, paisaje y costumbres, así como de estilo academicista, continuaron integrando las colecciones. Por otro lado, un sector más atrevido adquirió piezas de los artistas mexicanos contemporáneos, desarrollando así un novedoso interés por la producción local.

El museo, en tanto colección pública, se benefició de las donaciones de los particulares. Con esto lograron que su nombre quedara ligado a la historia de las obras y las instituciones culturales mexicanas. El museo ha sido desde entonces una institución creada ex profeso para albergar, conservar, estudiar y exhibir públicamente sus acervos.

La invaluable colección del Museo Nacional de San Carlos es el resultado de los procesos de formación de colecciones privadas, de políticas culturales, del gusto de la época y la circulación de piezas. En ella se advierte la presencia de los grandes representantes de la Historia del Arte, los diferentes estilos, y las temáticas que sin duda tuvieron su paralelo en las posiciones y criterios de analistas y especialistas en arte.

El tema del coleccionismo, tan poco desarrollado en México, permite cerrar esta reflexión con la frase del coleccionista Panza di Biumo, y que podría dar cuenta de la transformación en las concepciones de las obras que pasan, desde las estancias privadas, las funciones devocionales o didácticas, a ser considerada una pieza de arte, aceptada y compartida: “Hay un momento en la vida del coleccionista en el que su experiencia del arte, su placer, su alegría, se convierten en algo compartido y deseado por otras muchas personas. En ese momento el objeto de su deseo deja de ser suyo y es también de los demás”.

Departamento de Curaduría e Investigación.
Cédula a muro. Módulo coleccionistas siglo XX
Exposición: Gusto e Institución. La Historia de un Acervo.
Luz del Carmen Huerta de La Torre

Del Convento a la Colección

“… qe sean trasladadas a la Academia Nacl. de S Carlos todas las pinturas de algún mérito que hayan pertenecido a los extinguidos conventos de esta Capl. …”(Acuerdo presidencial del 29 de diciembre de 1861). Con esta disposición quedó definido el destino de un sinnúmero de obras que, arrancadas de los muros y retablos de parroquias iglesias y conventos, dejaron atrás su carácter predominantemente devocional para encontrarse súbitamente inmersas en el complejo ámbito del gusto y de la estética. Óleos y esculturas, que desde el siglo XVI los artistas de la Nueva España –peninsulares y criollos- habían realizado por encargo de la Iglesia y de ricos comerciantes, mineros y latifundistas, para ornamentar los espacios religiosos y hacer patente su agradecimiento a Dios por la prosperidad con que les había favorecido.

Si bien la desamortización de los bienes de la Iglesia levantó, generó repercusiones, medidas como la arriba citada, no debieron resultar extraordinarias, ya que en el siglo XVIII, cuando los jesuitas fueron expulsados de los territorios españoles, una Real Orden, de fecha 3  de noviembre de 1782, dictaba:  “ … que los cuadros de los conventos suprimidos se custodien en la Academia y colocados ordenadamente sirvan a la utilidad y recreo del público”. De esta manera la Real Academia de San Carlos de la Nueva España, que para ese momento era apenas un esbozo del proyecto a partir del cual los Borbones pretendían asumir el control de la producción artística, inició una actividad paralela que se continuó a  lo largo de su existencia: el coleccionismo.

En poco tiempo, y bajo los estrictos criterios oficiales que normaban la selección de piezas, el acervo académico se vio enriquecido, lo mismo en calidad que en cantidad. De ello dan fe obras como las ejecutadas por el sevillano Sebastián Gómez, el Mulato, que para el año de 1786 formaban parte de las 124 pinturas contabilizadas en el inventario de la Academia.

Cuando a mediados del siglo XIX se decreta la exclaustración, don José Bernardo Couto, presidente de la Junta Directiva de la Academia, acude al Convento de la Encarnación, donde se resguardaba un gran número de obras provenientes de los conventos ya clausurados. Allí seleccionó y rescató piezas que, como los Anónimos madrileños, se integraron a las colecciones de la Academia, iniciándose así un proceso de resignificación en cada una de esas obras, afectadas en su esencia por los conflictos de orden social y político.

Resulta pues paradójico, que una institución cuyo principal objeto era formar a las nuevas generaciones de artistas, dentro de las líneas establecidas por los cánones del neoclasicismo, hayan acogido y resguardado con tal respeto y entusiasmo la obra de artistas que, alguna forma, resultaban ser la antítesis del academicismo.

Gusto, Circulación e Institución
Ma. Guadalupe Ruiz M.

Otras formas de adquisición

El nacimiento de la Academia de San Carlos,  de México, entre 1781 y 1785, reflejó los ideales de los teóricos ilustrados franceses, que constituyeron la base ideológica sobre la que se erigió esta institución de cariz cientificista y civilizador.
Tales objetos se lograrían mediante la creación y operación de una academia modelada con base en la española, a su vez inspirada en la francesa, que permitiría el monopolio por parte del Estado, del saber-hacer en importantes actividades como la arquitectura, escultura, pintura, el diseño y las artes decorativas; en suma, de todo el espectro de todas las artes, las bellas y las demás.

El quehacer de la Academia de San Carlos sería el último clavo en la tumba de la añeja economía de los gremios –corporaciones de maestros en alguna actividad económica, que fijaban sus propias reglas y formas de actuar, teniendo en cuenta sus intereses y monopolizando los medios de producción para así protegerse de la competencia. De esta manera, por primera vez en la historia novoespañola, la Corona asumió la iniciativa de definir el gusto y la estética, siendo la rectora-dictaminadora de las formas y los contenidos, mediante su brazo educativo, la Academia.

Para consagraciarse con los protectores de la Academia, la junta directiva de la misma encargó al pintor del rey Carlos III (1716-1788), Mariano Salvador Maella (1739-1819), los dos retratos que en esta sección de la muestra se presentan,
Ambas pinturas nos remiten, tanto a la circulación de obras europeas en la Nueva España, como a la dimensión política de una Academia nueva y llena de expectativas, que necesitaba de un protector y visto bueno de mucho peso, tanto como legitimación de su papel y misión, como para granjearse el favor de las elites.

Otra importante adquisición fue el gran lote de yesos que el escultor Manuel Tolsá hizo llegar a las instalaciones de la Academia. Las piezas constituían la avanzada de materiales que contribuyó a la formación de un nuevo gusto en la Nueva España. La remesa había sido seleccionada cuidadosamente, en gran medida imitando la que tenía la Academia de San Fernando, de Madrid, que fue constituida en parte por las obras que escogiera el pintor alemán Anton Rápale Mengs (1728-1779) –uno de los introductores del gusto clásico dieciochesco en  España-, y bajo la asesoría de Johann Joachim Winckelmann (1717-1768), gran teórico de las ideas sobre el arte en aquella centuria. Mengs, artista hoy día poco citado, fue en su siglo uno de los más conocidos, admirados e influyentes, y con la ayuda de su compatriota Winckelmann, ayudó a fijar y en gran medida definir el gusto académico en España, que,-+9 obviamente, impactó sobremanera el del virreinato mexicano.

Exposición: Gusto, Circulación e Institución. La Historia de un acervo.
Cédula: Otras adquisiciones de la Academia Novohispana
Departamento de Investigación: Ana Catalina  Valenzuela González Intervenida por Marco A. Silva Barón.

Renovación de la Academia. Exposiciones anuales, los coleccionistas y el gusto del siglo XIX

La Academia de San Carlos, tras largos años de disputas militares e ideológicas durante y después de la Independencia, quedó un estado de virtual abandono. La orgullosa institución novohispana había arribado a un limbo en el que únicamente tenía dos posibilidades: desaparecer o reinventarse.

Así, en 1843, la escuela fue reorganizada. Las motivaciones para revivirla estaban ligadas a los líderes de la joven república, quienes tenían una genuina aspiración por imitar (por lo menos en sus formas e institucionales) a las potencias de entonces: Francia e Inglaterra. A la vez tenían en cuenta a un fuerte ejemplo de desarrollo relativamente cercano: los estados Unidos, sin olvidar a los países germanoparlantes. Uno de los modos en los que se manifestaban la civilización y el progreso en los citados estados era mediante la difusión de su cultura visual, por un lado, las Bellas Artes, y por otro, la imagen de los magníficos edificios y desarrollos científicos allí efectuados.

Asimismo, la mentalidad postcolonial indicaba que una nación civilizada era portadora de un gusto que se desarrollaba merced a la educación racional y científica de la Academia, institución que fomentaría en sus alumnos el apego a la cultura más desarrollada y refinada. Los ejemplos plásticos y maestros, por lo tanto, se encontrarían únicamente en Europa.

Gracias al decreto del 2 de octubre del citado año, la administración de la Lotería Nacional quedó en manos de la Junta Directiva de la Academia Nacional de San Carlos. Entre las acciones que se llevaron a cabo está la adquisición de piezas para la enseñanza en las aulas, así como la contratación de maestros extranjeros, entre los que figuraron los españoles Pelegrín Clavé (1811-1888) y Manuel Vilar (1812-1860). Una preocupación del cuerpo académico y directivo de San Carlos, fue procurar la ampliación de las colecciones existentes, que se llevó a cabo en a través de la compra de lotes europeos, y la decisión de impulsar la producción intramuros.

Los nuevos directores habrían seguido el modo de operación de la Academia francesa, entre cuyas prerrogativas se encontraba el organizar exhibiciones regulares, con el objetivo de evaluar y  difundir los adelantos alcanzados por los alumnos y académicos de la escuela. Entonces, se instituyeron las Exposiciones Anuales, de acuerdo al modelo francés. Cabe recalcar que el momento estelar de dichas exposiciones era el juramento de los premios. La obra designada ganadora, en cualquiera de sus soportes, era comprada por la Academia, con el consiguiente aumento del acervo de la institución. En las exhibiciones también se presentaban las piezas adquiridas o importadas de Europa, de tal manera que tanto la institución, como el público asistente, estaban enterados de las tendencias y los artistas europeos en boga o de buena fortuna crítica. También se observa que las muestras servían de escaparate para posicionar a los académicos en el mercado del arte; esto es, al mostrar sus habilidades podían contactar posibles mecenas o patrocinadores, quienes les harían encargos, o adquirirían algún lote en exposición, con la subsiguiente operación mercantil que representaría un beneficio, tanto económico como de difusión para el autor, y la potencial creación de una colección por iniciativa de un particular.

Las Exposiciones Anuales estaban, en principio, abiertas a todo público, en su afán de servir de momento aleccionador, en este caso, del buen gusto y la belleza. Sin embargo, existía un paquete especial para los diletantes específicos, los personajes notables de la capital, los adinerados y para la gente allegada a la Academia. Existía la posibilidad de pagar una cuota anual, que daba acceso a las exposiciones de manera anticipada y otorgaba a los titulares el señalamiento de “protectores de las artes”. Al ser publicados sus nombres en el catálogo de la muestra, era posible que obtuviesen una pieza mediante la participación en una rifa. Además, se sabe que recibían una invitación especial a la abertura de las exposiciones, que consistía en una fotografía o grabado de las obras notables.

Cabe hacer mención que la prensa era convidada a los eventos, con las subsecuentes reseñas posteriores publicadas en periódicos y revistas. Con ello se benefició el nacimiento de la crítica del arte en el país, que en el siglo XIX ayudó a formar un gusto entre los interesados en las artes.

Exposición: Gusto, Circulación e Institución.
Cédula: La Academia de San Carlos después de su reorganización. La Lotería Nacional y las Exposiciones Anuales.
Departamento de Investigación. Ana Catalina Valenzuela González. Intervenida por Marco Antonio Silva Barón.

Encargos a José Salomé Pina

El pintor José Salomé Pina (1831-1909) nacido en la ciudad de México, fue un destacado discípulo de Pelegrín Clavé, maestro de pintura y director de la Academia de San Carlos. Vivió durante quince años en Europa, becado en París y Roma, y al regresar a México se convirtió en uno de los personajes más notables de la vida cultural y académica del país. En 1854 recibió el encargo, por parte de la Academia, de adquirir grabados de obras de maestros europeos, con temática histórica y religiosa. El personaje, entonces residente en Roma, seleccionó un conjunto de piezas, que congela en el tiempo una de las características del gusto, la circulación y la institución del arte entre los académicos y diletantes de mediados del siglo XIX.

En tanto circulación, el grabado era desde hacía tres siglos el medio por el cual se difundían las imágenes artísticas. Las obras consideradas notables, o las que llamaban la atención de los conocedores, eran grabadas y las estampas difundidas ampliamente. Dichas piezas también fueron coleccionadas, por lo que los amantes del arte podían tener, si no les era posible granjearse una copia en óleo, un tipo de reproducción de una obra reconocida. La circulación de las estampas también daba noticias sobre las novedades pictóricas, los artistas emergentes o los gustos imperantes.

El gusto que se observa en las estampas es muy claro. El artista de mayor demanda era Paul Delaroche (1797-1859). Sus óleos ilustran temas de corte histórico; empero, cabe señalar que el pintor no plasmaba los temas de manera neutral. Se advierte que sus piezas iban dirigidas a dos mercados: Francia e Inglaterra, y en ambos, se preocupaba tanto por las temáticas de los intereses de las facciones políticas de ambos países, por lo que la demanda de su obra era constante y fluida. La manera de Delaroche era apreciada por la ciudad técnica de su factura, a la vez que impactaba por el tratamiento expresivo de los personajes, y por destacar en la escena el momento de mayor dramatismo. Otra característica que lo destacó fue el tratamiento del ambiente: el pintor ponía énfasis en la temporalidad del relato y ubicaba a sus personajes en escenarios detallados. Esta combinación de drama e historia, ha sido comúnmente asociada a lo romántico: actitud de admiración, idealización y nostalgia por el pasado; sobretodo, el pasado medieval. Cabe recalcar que dicho apego a lo pretérito tuvo como resultado en gran medida, la invención visual de una memoria histórica, o sea, la creación de los eventos del pasado merced del gusto e ideología del momento.

Es interesante notar que el nacionalismo fue también un modo de pensar de rápida y potente reacción en la época que se cita. Las naciones europeas estaban en proceso de formación de estados o de consolidación de entidades étnico-políticas. Otras sociedades recuperaban sus imágenes como naciones de antaño, y las grandes potencias basaban parte de su hegemonía en la historia y el ethos nacional, creando un vínculo imaginario con el pasado. En resumen, se veía lo que se quería ver: lo notable, lo heroico y lo nacional. Deloroche supo captar esa necesidad, y la pintó, y a través de las estampas adquiridas por Pina, dicha postura era difundida entre los académicos de mitad del siglo XIX.

El gusto de Europa era institucionalizado, y para los académicos locales del siglo XIX, el hecho de que una obra tuviera como origen  el Viejo Mundo traía como carga la aceptación de las misma como buena y válida. El riguroso eurocentrismo del mundo académico era tanto institucional; las estampas de Pina fueron otro vehículo para la manifestación de la admiración por los maestros europeos, en la práctica artística. Si los modelos a seguir eran las civilizadas Francia o Inglaterra, era necesario interiorizar las formas que emanaban, plasmar la heroicidad de la historia, y buscar o recordar las glorias del pasado, fueran reales o inventadas.

Exposición: Gusto, Circulación e Institución
Departamento de Investigación. Marco Antonio Silva Barón

Las colecciones de arte y gusto decimonónico

Históricamente, los encargos y colecciones de arte estuvieron reservados, en México, para la Iglesia y el Estado; por ello hay historiadores que han denominado a la producción novohispana como arte corporativo, ya que ésta era exhibida en templos y espacios oficiales. Estas instituciones fueron las principales consumidoras y patrocinadoras de un incipiente mercado artístico, y a la vez funcionaron como orientadores en el gusto. El conjunto de obra que adquirieron y acumularon podría pensarse como el iniciaodel coleccionismo en México .

Durante el siglo XVIII se formó, en el ámbito privado, un número cada vez mayor de colecciones en torno a un grupo beneficiado por las nuevas circunstancias económicas y sociales. Estas colecciones, que tenían como principal objetivo la ostentación, estaban expuestas en las habitaciones de las casas y muy pocas personas podían admirarlas. Sin embargo, durante el siglo XIX, con la llegada de las ideas de la Ilustración a México y la formación de la Real Academia de las Nobles Artes de San Carlos –que estableció los lineamientos estéticos, imponiendo un gusto con pretensiones universales- las colecciones dejan de ser trofeos para convertirse en símbolos de educación y progreso.

En el siglo XIX las bitácoras de los viajeros extranjeros que llegaron a México, así como los documentos notariales y testamentos, describen los contenidos  de las colecciones privadas, lo que permite tener una visión acerca del gusto de cada coleccionista. Además de curiosidades, esculturas y pintura, en ellas se reunían obras de artistas locales junto con las adquiridas en Europa –realizadas por los grandes maestros, o al menos copias de éstos-, de temática generalmente religiosa, mitológica, retratos, escenas costumbristas, bodegones, etc.

Son varios los hombres de los coleccionistas decimonónicos que están  estrechamente vinculados a la historia del actual acervo del Museo de San Carlos.
Entre ellos, Francisco Fagoaga, Joaquín Flores, Octavio Muñoz Ledo, José María Baz, Joaquín Cardoso, quienes gracias a los mecanismos de la circulación y del mercado del arte, lograron albergar y resguardar piezas valiosas de sus colecciones en un mismo recinto, y que hoy se encuentran reunidas para el goce de todo el público.

Departamento de Curaduría e Investigación.
Cédula a muro. Modulo coleccionistas siglo XIX
Exposición: Gusto, Circulación e Institución. La historia de un Acervo
Luz del Carmen Huerta de La Torre

España y Bélgica, viaje por el circuito oficial

En el siglo XIX se instauró la tradición de realizar exhibiciones internacionales de gran envergadura, con la finalidad de generar una imagen del rápido progreso de las sociedades occidentales. La primera de ellas, y una de las más famosas, fue la de 1851, realizada en Londres bajo la dirección de la Sociedad de Arte.

Las Exposiciones Universales e Internacionales han favorecido la circulación de obras, modelos y artistas entre diversas naciones. Desde 1850, México –deseoso de entrar a la modernidad- esbozó la idea de realizar una exposición internacional, para atraer el comercio mundial; varios fueron los intentos por realizar este tipo de exhibiciones, sin embargo, fue hasta principios del siglo XX cuando se celebraron dos de ellas: La Exposición Española de Artes e Industrias Decorativas en 1910, y en 1922 La Exposición Pintores Belgas Contemporáneos. Ambos eventos contribuyeron a enriquecer el actual acervo de este museo, ya que varias de las piezas allí exhibidas fueron adquiridas por parte de la Presidencia y la Secretaría de Relaciones Exteriores, y posteriormente donadas a la entonces colección de las Galerías de la Academia de san Carlos para que sirvieran como modelo a los alumnos.

La Exposición Española de Artes e Industrias Decorativas fue parte de las celebridades del Centenario de la Independencia, y fungió como prueba de la amistad entre México y España.
La mayoría de las piezas que se presentaron en el pabellón estaban destinadas a la venta, y poco antes de la clausura, acudieron Justo Sierra (1848-1912) –quien fue Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes de 1905 a 1911- en compañía de Sánchez Ramos- presidente del Casino Español- y Antonio Rivas Mercado (1853-1927), director de la Escuela Nacional e Bellas Artes, para adquirir varias obras que ahora forman parte del acervo del Museo, y de las cuales se presentan algunas en esta muestra.

La Exposición de Pintores Belgas Contemporáneos, da las primeras noticias sobre la participación del ingeniero Alberto J. Pani (1878-1955) en la conformación del  acervo de la Academia. En esos años, Pani ostentaba el cargo de Secretario de Relaciones Exteriores, que le fue otorgado directamente por su amigo, el presidente Álvaro Obregón (18880-1928).

Las relaciones diplomáticas de la época eran delicadas para México. Estados Unidos se negaba a reconocer la soberanía del gobierno de Obregón, aludiendo los daños económicos ocasionados por la Revolución hacia extranjeros en el país, y Bélgica era uno de los territorios que reconocían la legitimidad del presidente. En 1919 se había creado la Cámara de Comercio entre Bélgica y México, noticia en la que se vislumbran los tratos que existirían entre los dos países. La pintura belga adquirida a través de Pani, ilustra cómo las formas artísticas han sido parte de discursos oficiales y han respondido, en ocasiones, a un trasfondo diplomático.

En el siglo XX las Exposiciones Universales se convirtieron en grandes ferias con un importante componente cultural, y el arte, una de sus manifestaciones, podría pensarse como un elemento fundamental en el ámbito de las relaciones internacionales.

Departamento de Curaduría e Investigación
Exposición: Gusto, Circulación e Institución. La Historia de un Acervo.

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